Comprar un robot para el hogar parece algo futurista. Pero las cifras sugieren que quizá no lo sea por mucho tiempo.
FUENTE: Forbes
AUTORA: Kate Hardcastle
Cuando 1X abrió las preventas de NEO, su robot humanoide para el hogar, la compañía afirmó que toda su capacidad de producción del primer año —10.000 unidades— quedó reservada en apenas cinco días. El precio: US$20.000 para comprarlo o US$499 mensuales, con un depósito de £200.
En San Francisco, Tau Robotics está siguiendo otro camino: está llevando robots humanoides a los hogares para realizar tareas de limpieza cobrando por hora.
Claramente existe interés. Pero después de estudiar durante años el comportamiento de los consumidores frente a nuevos productos, sé que la curiosidad, las largas listas de espera e incluso las preventas no necesariamente indican qué ocurrirá cuando una categoría llegue al mercado masivo.
Y esta no es una categoría cualquiera.
Un robot no permanecerá sobre la encimera de la cocina esperando que alguien lo utilice. Se moverá por nuestros hogares, aprenderá cómo vivimos, se encontrará con nuestros hijos, mascotas y familiares mayores, manipulará nuestras pertenencias y potencialmente recopilará información en algunos de los espacios más privados que tenemos.
Para una industria comprensiblemente concentrada en lo que su tecnología puede hacer, existe otro enorme desafío comercial:
¿Cómo convencer a millones de personas comunes de que pueden incorporar un robot a su hogar con confianza?
La fascinación no garantiza la adopción

Los primeros estudios sobre consumidores son llamativos.
Una investigación de Altman Solon encontró que el 65% de los consumidores estadounidenses estaba interesado en tener un robot doméstico avanzado. Sin embargo, el 69% no pagaría más de US$5.000 por uno. Una cuarta parte afirmó que no compraría uno a ningún precio. Además, aproximadamente la mitad expresó preocupación por la seguridad de tener un robot del tamaño de una persona dentro de su hogar.
Existe fascinación, sin duda. Pero también hay una brecha importante entre querer los beneficios de la robótica y estar dispuesto a pagar por ella —y convivir con la tecnología que los proporciona.
Este verano, la BBC emitió Ann Droid, una comedia protagonizada por Diane Morgan y Sarah Kendall. La historia presenta a Sue, una mujer viuda y mayor que recibe de su hijo a Linda, un robot humanoide de segunda mano diseñado para ayudarla a mantener su independencia.
Linda puede ofrecer compañía y controlar su estado de salud, pero gran parte del humor —y, en última instancia, de la humanidad de la serie— surge cuando una máquina aparentemente capaz entra en la realidad emocional y desordenada de la vida de una persona.
La BBC describió la serie como una reflexión sobre “qué puede ser reemplazado y qué no”.
Que la historia esté ambientada en 2029 resulta interesante, no porque la televisión esté prediciendo cuándo todos tendremos robots en nuestras cocinas, sino porque algo que hasta hace poco habría sido presentado como ciencia ficción lejana ahora puede utilizarse como premisa para una comedia de la BBC ambientada apenas unos años en el futuro.
Y hay otro detalle interesante: Linda es de segunda mano.
El programa asume tranquilamente no solo que existen robots domésticos, sino que ya existe un mercado para comprarlos, reemplazarlos y revenderlos.
Ann Droid también deja al descubierto otro problema. Ya estamos imaginando qué podrían significar estas máquinas para la independencia, la compañía y la vida cotidiana.
La tecnología todavía tiene que ponerse al día.
El AI Index de Stanford informa que la manipulación robótica alcanza una tasa de éxito del 89,4% en simulaciones controladas, frente a apenas 12% en tareas domésticas reales.
Es una diferencia extraordinaria cuando la promesa comercial consiste precisamente en hacer más fácil la vida cotidiana.
La brecha de rendimiento se vuelve todavía más interesante cuando intentamos comprar uno.
Yo lo hice.
Solo en la tienda estadounidense de Unitree, los robots humanoides actualmente van desde aproximadamente US$4.900 hasta US$100.000.
Para un consumidor sin conocimientos técnicos, muchos de ellos pueden parecer sorprendentemente similares. Sin embargo, la comparación rápidamente nos lleva a conceptos como grados de libertad, torque de las articulaciones, capacidad de carga y LiDAR.
La robótica doméstica todavía no ha desarrollado un lenguaje para consumidores. Si voy a gastar US$20.000, US$50.000 o US$100.000, necesito entender qué obtengo por esa diferencia en términos de tareas útiles, seguridad, autonomía, confiabilidad y soporte, y no simplemente en mejores especificaciones de ingeniería.
¿Cómo se prueba un robot doméstico?
Los consumidores no viven en simulaciones controladas.
Viven con bolsas tiradas en el suelo, sillas fuera de lugar, puertas entreabiertas, niños que aparecen inesperadamente y mascotas que no tienen ningún interés en respetar la trayectoria prevista de un robot.
Por eso, una demostración perfectamente preparada es solo el comienzo.
Lo que ocurra cuando una máquina se encuentre con la maravillosa incomodidad de un hogar real será determinante para la confianza en toda esta categoría.
Los primeros usuarios estarán dispuestos a tolerar imperfecciones porque ser los primeros tiene valor para ellos.
Los consumidores masivos son diferentes.
Si han pagado un precio elevado por comodidad y, en lugar de eso, terminan teniendo que supervisar, corregir o rescatar constantemente a la máquina, el contrato emocional cambia rápidamente.
Y entonces surge una pregunta fundamental:
¿Cómo se compra una máquina que va a compartir nuestro espacio de vida?
Sospecho que algunos de los entornos de venta más importantes de la robótica doméstica no se parecerán demasiado a las tiendas de tecnología.
Se parecerán a hogares.
Cocinas reales, muebles reales y espacios que reproduzcan el desorden cotidiano de nuestras casas.
La mayoría de los consumidores necesitará ver a los robots fuera de la impecable coreografía de una demostración de producto.
Querrán entender cómo se mueve alrededor de las personas, cómo responde cuando sucede algo inesperado y, algo especialmente importante, cómo se siente realmente tenerlo dentro de casa.
Durante años hemos hablado del comercio experiencial como una forma de generar espectáculo y atraer consumidores.
En la robótica doméstica, podría convertirse en parte de la infraestructura necesaria para generar confianza.
Esto también crea un papel potencialmente importante para la experiencia humana, porque la robótica doméstica todavía no ha desarrollado un lenguaje sencillo para los consumidores.
Un buen asesor no se limitará a explicar especificaciones.
Tendrá que entender el hogar:
- ¿Qué ayuda necesita realmente la familia?
- ¿Quiénes viven allí?
- ¿Hay niños?
- ¿Hay mascotas?
- ¿Hay familiares vulnerables?
- ¿Cuánta autonomía resulta cómoda para los habitantes?
Por mucho que se invierta en inteligencia artificial, la venta masiva de robots domésticos requerirá una cantidad considerable de inteligencia humana.
Pensemos en lo fácil que nos resulta actualmente comprar tecnologías complejas.
La mayoría de nosotros no entiende la ingeniería que hay dentro de una lavadora y, aun así, sabemos compararlas.
Podemos entrar a un concesionario de automóviles sin saber qué ocurre bajo el capó y aun así tomar una decisión razonablemente informada sobre qué vehículo se adapta a nuestra vida, qué obtenemos con una versión superior y cuánto nos costará mantenerlo.
Probar antes de confiar
Los robots de limpieza de Tau actualmente combinan inteligencia artificial con un operador humano remoto que puede ver el hogar a través de las cámaras del robot.
Los micrófonos están desactivados y los dormitorios y baños están excluidos por defecto.
El NEO de 1X también cuenta con Expert Mode, que permite supervisión humana cuando el robot encuentra tareas que todavía no sabe realizar.
Cuando compro una lavadora, no necesito preguntarme quién podría estar mirándome a través de ella.
Con un robot sí necesito entender:
¿Quién puede conectarse?
¿Cuándo puede hacerlo?
¿Qué puede ver?
¿Qué información se almacena?
¿Durante cuánto tiempo?
¿Cuánto control tengo sobre todo esto?
Y si vamos a gastar cantidades similares a las de un automóvil en estas máquinas, probablemente desarrollaremos también expectativas similares respecto de su vida útil.
Mantenimiento, repuestos, soporte de software, actualizaciones, reventa y, finalmente, reciclaje comenzarán a ser importantes.
¿Qué valor tendrá un robot de US$20.000 después de tres años?
¿Qué ocurrirá con uno de US$100.000 cuando llegue la siguiente generación?
Ya hemos visto este proceso antes.
Llega una tecnología extraordinaria, el lenguaje para explicarla se simplifica, mejora la experiencia de compra y, finalmente, dejamos de hablar de la tecnología.
Simplemente hablamos de lo que necesitamos que haga.
La tecnología avanzará rápidamente a partir de ahora.
Las capacidades mejorarán, los precios cambiarán y la experiencia de compra se pondrá al día.
Aprenderemos a comparar estas máquinas, financiarlas, mantenerlas, repararlas y, eventualmente, entregarlas como parte de pago por modelos nuevos.
Lo que hoy parece extraordinario podría convertirse en algo sorprendentemente normal.
Quizás el verdadero cambio ocurra cuando dejemos de buscar un robot para el hogar y empecemos a buscar mi robot para el hogar.
Se trata de una compra extraordinariamente personal y costosa, y la elección adecuada dependerá tanto de la vida a la que se incorpore como de la tecnología que lleve dentro.
Gran parte de ese aprendizaje ocurrirá en los hogares de otras personas.
Observaremos a los primeros usuarios, veremos sus experiencias reales en redes sociales y descubriremos qué características realmente importan una vez que el robot abandona el escenario de demostración.
1X resulta interesante en este sentido.
NEO tiene una apariencia más humana y se comercializa de una manera diferente: alrededor de conceptos como tareas domésticas, tiempo, seguridad y compañía, y no únicamente a partir de sus especificaciones de ingeniería.
La tecnología puede construir la categoría.
Pero serán los consumidores quienes decidan qué robots tienen un lugar dentro de sus hogares.








